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Viernes 22 de Setiembre de 2017

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Palabras de Enrique Iglesias con motivo del recibimiento del Título Doctor Honoris Causa de la Universidad

El pasado jueves 25 de octubre de 2007, en la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración, la Universidad de la República le otorgó el título de Doctor Honoris Causa al Cr. Enrique Iglesias por su marcada y reconocida trayectoria académica, y su invalorable aporte a la sociedad. Aquí transcribimos lo que fueron sus palabras en ese acto...

Sr. Rector,
Sr. Decano,
Estimadas amigas y amigos,

Quisiera comenzar mis palabras agradeciendo en forma muy sentida al Sr. Decano de la Facultad y al Consejo de nuestra Casa por haber tomado la iniciativa de proponer al Consejo Central de la Universidad el otorgamiento de este Doctorado Honorario así como al Consejo Central y, en particular, al Sr. Rector por sus amables palabras hacia mi persona, que me han honrado profundamente.

Este doctorado no podría ser una distinción más a las que otros centros de estudio han tenido la gentileza de concederme. A los 40 años de haberme retirado de esta Facultad, recibir este inesperado reconocimiento constituye para mí un motivo de especial satisfacción y un llamado a una serena reflexión que hoy quisiera compartir con todos ustedes en este acto.

Muchos son los años felices que pasé en esta Casa y muchos los años transcurridos desde mi alejamiento. Ello hace que más que una intervención académica de circunstancias prefiera dedicar su tiempo a una reflexión de lo que ha significado para mí el pasaje por la Universidad de la República, tanto en mi formación profesional como en las puertas que me abrió en los largos años de mi vida.

Debo comenzar afirmando que todas las oportunidades a las que he podido acceder han tenido directa o indirectamente una relación con los frutos del conocimiento y los valores que recibí en esta Casa. De sus profesores, de los compañeros de estudio y del clima que he vivido durante mi permanencia en ella.

Mirando estos años a la distancia, puedo concluir que este homenaje debe ser visto con mayor justicia como un tributo a la enseñanza uruguaya y a esta Universidad, que me dio las herramientas con las cuales construí mi carrera y mi vida y de la que fui directo beneficiario.

Miembro de una familia de inmigrantes, en búsqueda de mejores horizontes y mejores oportunidades, el país me ofreció el acceso a un sistema educativo que no sólo me formó en el conocimiento y en los valores, sino que me permitió abrir puertas y realizarme en mi vida profesional nacional como en la vida internacional. Conocimiento y valores que comenzaron, debo resaltarlo, con los que recibí de la excelente calidad de la enseñanza media tan rica en formación humanística y en la transmisión de valores universales.

Mi primer contacto con la facultad fue a través de sus excelentes profesores y mis queridos compañeros con los cuales conservo aún una vinculación de más de 50 años. Tal ha sido la profundidad de los afectos y las amistades cultivadas en aquellos años inolvidables.

Con José Domínguez Noceto, Luis Faroppa, e Israel Wonsewer, descubrí mi interés preferencial por la economía. En particular del maestro Faroppa recibí la visión integral del fenómeno económico y la disciplina de la metodología de la investigación cuando, aún estudiante, me invitó a sumarme como “investigador joven” al naciente Instituto de Economía. Corría el año 1952. Del recordado y querido amigo Wonsewer, recibí la dimensión ética de la vida pública, su inalterable compromiso con el país y con esta Universidad y la riqueza de una entrañable y fraterna amistad.

En esa época inolvidable contraje mi primera deuda con mis formadores. Me permitieron descubrir mi pasión por la docencia. Esa mágica experiencia de la creación, que ofrece la relación con el alumno y que aún conservo quizá como mi más auténtica vocación. Bien recuerdo la primera clase que me permitió dar Faroppa en una experiencia donde más que una exposición espontánea fue un nervioso recitado.

La cátedra de Faroppa nos abrió las puertas al conocimiento de la economía real de América Latina. El estudio del informe de la CEPAL de Presbich del año 1949 –que Faroppa trajo a la clase en su curso de 1950- fue para mí el descubrimiento de una realidad económica y social a la que me sentiría ligado durante toda mi vida. Desde la cátedra, habría de iniciarse mi contacto con el mundo internacional, especialmente a partir del primer viaje con Faroppa y Wonsewer a Chile en el año 1958. No pude imaginar que aquella visita iba a ser la antesala de mi aterrizaje en la CEPAL 14 años después, en 1972, para ejercer la Secretaría Ejecutiva que había creado a inicios de los años 50 el Maestro Prebisch.

La otra gran oportunidad que me dio la Universidad y de la que guardo un recuerdo incomparable, fue el haberme permitido dirigir el esfuerzo de la CIDE. El profesor Azzini fue el creador de aquella aventura para conocer el país y preparar su primer Plan de Desarrollo. Le debo un profundo reconocimiento por haberme invitado a dirigir el equipo técnico. Experiencia histórica que aún guarda su memoria por haber constituido la primera fuente integral de conocimiento de la economía y la sociedad del país y sobre todo por haber movilizado voluntariamente cientos de colaboradores comprometidos con aquella tarea. Azzini me invitó a dirigir el esfuerzo técnico y la Universidad –a iniciativa de Wonsewer- me delegó en la tarea como docente de la misma. Sabio movimiento de Wonsewer y sabia decisión del Consejo de la Facultad en aquellos momentos nada fluidos por las relaciones entre el Gobierno y la Universidad.

Fueron las proposiciones de la CIDE –recogidas en la Constitución de1967- que fue creado el Banco Central, sobre cuyas bases ya había trabajado durante mi permanencia en el Instituto de Economía. A esa experiencia me convocó el Gobierno del Presidente Gestido y eso me abrió la puerta de una experiencia tan difícil como fascinante, la de dirigir la creación del primer Banco Central de la República.


El CIDE y el Banco Central a su vez me abrieron el camino del trabajo internacional. Primero fue la invitación de Felipe Herrera, Presidente del BID, para colaborar con Prebisch en un estudio integral de la economía de la región de la época. Desde esa posición fui invitado a hacerme cargo de la dirección de la CEPAL. Nada más honroso para mí que suceder a Prebisch y vincularme a una casa de un pensamiento tan original como fecundo que más allá de las controversias que siempre generó ha sido u sigue siendo un referente de la reflexión y la investigación económica y social en América Latina. La CEPAL me dio la ocasión de muchas experiencias dentro del sistema de las Naciones Unidas, que no vale la pena mencionar en esta ocasión. A través de ellas me sentí integrado y comprometido con los grandes ideales de la organización. Quizás lo más enriquecedor –de los difíciles años que vivió Chile y la región- fue haber podido trabajar detrás de la bandera de las Naciones Unidas por la vigencia de los derechos humanos y el respeto al sufrimiento de tantos latinoamericanos víctimas de la intolerancia y la incomprensión. En esas circunstancias aprendí a valorar el alcance que tiene esa bandera celeste de la ONU en la vida de las personas, un pedazo de paño, y a la vez un símbolo y un escudo para la vida. Gran aporte ético de las Naciones Unidas.

En el año 1985 retorna la democracia al Uruguay. El Presidente Sanguinetti y Wilson Ferreira me invitan a hacerme cargo de la Cancillería, para ayudar al nuevo Gobierno en su tarea de reinserción en la comunidad internacional. Era importante que mi experiencia de los años precedentes sirviera a los propósitos de construir una política internacional de Estado acorde con las tradiciones de un país que ansiaba volver a ser democrático y promotor de la legalidad internacional. Muchas fueron las experiencias de aquellos años donde el Gobierno, apoyado por todas fuerzas políticas, pudo poner el nombre del país en el pedestal de respeto que se merece y que hoy tiene.

Luego Uruguay me propone para el cargo del Presidente del BID. Se trató de una fuerte experiencia que me permitió conocer de cerca las realidades de cada país de América Latina y sobre todo apoyarlos en los difíciles momentos que se sucedieron en la región desde la crisis mexicana de 1994 a las crisis argentina y uruguaya de los años 2002. Estoy convencido de que contribuimos a darle a los temas sociales la prioridad que la urgencia de las crisis demandaba. Como uruguayo, fue gratificante contar con la unanimidad de los países miembros en mi elección y las tres reelecciones siguientes. Necesito decir que es ingenuo pensar que el Presidente del Banco todo lo puede. Es ante todo un árbitro que trabaja entre los estrechos márgenes de maniobra que le permiten la realidad política y económica de los países. Entre esos dos márgenes, uno elige, las más de las veces entre dos males, el menor. Es breve, pero esto resume mi larga y difícil gestión.

En los últimos años dejé el Banco para mirar a nuestros países desde una nueva dimensión: la comunidad iberoamericana de Naciones. Desde las oportunidad que ofrecen nuestras afinidades culturales, históricas, tradicionales y de intereses económicos crecientes. Ciertamente vale la pena este último esfuerzo en el que estoy empeñado para potenciar la capacidad de cooperación entre los países de la lengua española y portuguesa a la vez que procuran asentar una imagen propia en un mundo al que quieren aportar un compromiso.

Sr. Rector, Sr. Decano:

A lo largo de estos años y de tan variadas experiencias pude apreciar el bagaje de aportes que recibí de esta Casa de Estudios. Por una parte, el conocimiento de la doctrina y la política económica funcionando en contacto con la vida de nuestros países. Por otro lado, la transmisión de valores y principios, lo que ha sido siempre uno de los compromisos de la universidad en Latinoamérica. La nuestra supo honrar ese compromiso con creces.

Hoy, vivimos tiempos de cambio acelerado. Y esos aportes y compromisos están siendo desafiados desde distintos ángulos.

Por el lado de la generación y transmisión de conocimiento: la universidad moderna debe competir con una amplia gama de centros de investigación, los fascinantes desafíos de la revolución científica y tecnológica, que abre a la sociedad moderna posibilidades insospechadas de avance en todos los campos del mejoramiento de la calidad de la vida.

En estos desafíos no puede estar ausente nuestra Facultad, responsable de la formación de los jóvenes en las disciplinas de la economía y la administración. La participación del país en la sociedad del conocimiento es de una prioridad absoluta. Aprender a movernos en las oportunidades y los riesgos de esa sociedad, no sólo es un desafío para la gestión de las políticas económicas. Es un desafío para la propia estructura y funcionamiento de la empresa moderna. Tanto pública como privada.

Pienso que el país, en servicios, tiene un formidable capital para movilizar, a partir de la preparación de su gente. Estas personas no son sólo el producto de la enseñanza académica que reciben en la Universidad. Heredan un bagaje de cultura y educación básica, que habrá que mejorar para sustentar la capacidad de disponer de profesionales de alta calidad. Las lecciones de experiencias actuales nos permiten afirmar que, en este desafío, está el destino del desarrollo económico, social y político del país. En este frente de la Universidad tiene una gran cuota de oportunidades y de responsabilidades. Es momento de propiciar la audacia intelectual y el cambio. Es necesario encontrar el camino para al mismo tiempo zambullirse en las necesidades de la sociedad y guardar las necesarias distancias.

En el campo de la transmisión de valores, cuanto más se profundiza en los avances del conocimiento científico y tecnológico, más se interpela la ética y la cultura. Baste observar los profundos debates que se abren hoy en los límites éticos de la biología y de la ingeniería genética o de la medicina. En este campo es clara la vinculación dinámica entre generación del conocimiento y la prevalencia de los valores.

Si algo me enseñó la experiencia es que existe la misma necesidad de ética y presencia de cultura en las áreas de las ciencias sociales y económicas, tanto en los niveles macro económicos o macro sociales como en el campo de la empresa o del Estado.



No existe una economía en el vacío de valores. Así lo entendió el fundador de la economía moderna Adam Smith, que fue profesor de moral y recoge esos principios y valores en su Riqueza de las Naciones.

Todos aprendimos en las aulas los grandes principios de la racionalidad económica o los grandes fundamentos de los paradigmas económicos y sociales que fueron aplicados en nuestra América en las últimas décadas. Paradigmas de todos los signos en este gran laboratorio que ha sido América Latina. Pero el mapa no es el territorio. Algunas veces nos enamoramos de los modelos económicos, muy respetables por cierto, y que contribuyen al conocimiento de la racionalidad económica, pero que no son la realidad misma.

Esa realidad nos ha demostrado obstinadamente y en múltiples ocasiones, la profunda confrontación entre la racionalidad económica y las realidades sociales. Y así hemos apreciado cómo los logros económicos a que nos puede conducir aquella racionalidad resultan insuficientes para lograr objetivos tan dramáticos como la reducción de la pobreza, el estrechamiento de la brecha entre ricos y pobres o la inclusión de grandes.

También he conocido de cerca, la ilusión de aquellos grandes paradigmas de la transformación social, que inspirados por las mejores intenciones de mejoramiento de la condición de la vida de las grandes mayorías han entrado en colisión con las realidades económicas, con la reacción de los agentes económicos o con las limitaciones que nos imponen las relaciones internacionales. En la primera experiencia tuvimos economía sin sociedad, en la segunda, sociedad sin economía.

Y eso me lleva al razonamiento del punto de partida y es que la racionalidad económica sólo puede lograrse si se asienta en un profundo conocimiento de las realidades sociales políticas e institucionales y si se acompaña de valores fundamentales que deben inspirar la aplicación de dicha racionalidad.

De esos valores, por cierto, el que más aprendí a apreciar es el valor de la solidaridad.



La racionalidad económica a que puede conducirnos la mano invisible del mercado, sólo puede ser aceptable éticamente, si es acompañada por la mano claramente visible de la justicia y de la solidaridad dentro de cada sociedad y entre pueblos y naciones. Sin esa solidaridad y los principios éticos que la acompañan la racionalidad económica pura que aprendimos en los claustros deja de tener su legitimidad social.

Me tocó conocer muy de cerca las trágicas ilusiones que vivió la región en períodos tristes de su historia como fue la de creer que la racionalidad económica podría lograr sus grandes objetivos en regímenes autoritarios y pagando el precio de la pérdida de libertad. Los logros de este experimento fueron efímeros y tuvieron junto con el rechazo de la sociedad, ingentes costos sociales y económicos que golpearon trágicamente a las grandes mayorías y sepultaron las ambiciosas pretensiones de la racionalidad económica pura. El retorno de la democracia que me tocó vivir, me demostró que no sólo privilegia una de las grandes aspiraciones del ser humano moderno, como es el vivir en libertad y participando en la construcción de la agenda social y económica, sino que además puso de relieve la gran creatividad que pueden alcanzar los agentes económicos cuando se desarrollan en un clima de libertad y de respeto del capital social de nuestros pueblos, de su cultura, de sus tradiciones y de sus creencias.

Estas mismas contradicciones las fui descubriendo en mi contacto con las reglas de juego de la economía internacional, donde por un lado se predican las virtudes de la libertad de mercado y los beneficios de la globalización y por otro se percibe cómo se agrandan las distancias entre países ricos y países pobres y cómo se cercenan y recortan los principios de igualdad de oportunidades para los países en vías de desarrollo a través de todas las formas de proteccionismo o de limitaciones a la cooperación del desarrollo, al acceso a las fuentes de capital o a la tecnología.

Queda aún por inventar el mercado de valores éticos. No puede haber un nuevo orden mundial duradero, si no se produce un nuevo enunciado de valores capaces de darle sentido a este nuevo orden.

En nombre de la libertad del mercado, de la competitividad y de la eficiencia, se han trasladado funciones, durante décadas propias del Estado, a la iniciativa individual. El Estado, distribuidor de recursos y depositario de la meta del bienestar social, ha restringido su campo de acción, para abrir espacios a la empresa privada. Al hacerlo, se han liberado fuerzas empresariales enormes, se produjo concentración de recursos y tecnología, utilización más eficiente de oportunidades, uso de capacidades de inversión inaccesibles de otra manera, pero también se ha abandonado a la supuesta famosa “mano invisible” la resolución de innumerables problemas sociales, que así no pueden resolverse.

Entonces pues, si algo me han dejado como lección tantas experiencias nacionales como internacionales, es que junto con dedicarnos a explorar la racionalidad económica de las políticas, tenemos que acompañar la discusión de los valores que habrán de darle a aquella racionalidad su verdadera legitimidad ante la sociedad a la que deben servir.

Principios como la solidaridad, la libertad o la participación, son ciertamente principios fundamentales para la tan necesaria conciliación entre desarrollo económico y ética.

Sr. Rector, Sr. Decano, estimados amigos:

Con esta distinción, ustedes están homenajeando una trayectoria personal y una obra, que como toda obra está sujeta a juicios y valoraciones diversas. Sabemos que de ambos sólo la obra sobrevive. Esa obra es, ante todo, una obra colectiva, fertilizada con visiones múltiples, hecha de continuidades, de innovaciones, de circunstancias que debe ser juzgada. Yo debo decir que si algo he logrado en el curso de tantas experiencias, ellas han sido el producto, siempre y en todos los casos, de una labor de equipo. Hay detrás de todas las contribuciones, personas e instituciones que han sido mi gran puntal a lo largo de la vida. He trabajado siempre con grandes colaboradores y colaboradoras. Nunca les pregunté por su ideología, por su credo o por su raza, sólo apelé a su capacidad y a su lealtad. Ellos comparten las obras, aunque la responsabilidad sea sólo mía.

Lo esencial de esos aportes está basado en mi confianza en el ser humano y el convencimiento de que es posible construir una sociedad mejor, más justa y más segura. Una sociedad que tolere y que se enriquezca en las diferencias, que se apoye en la educación y en la cultura para profundizar en la libertad y en la capacidad de iniciativa de cada uno de sus miembros.

Para los que trabajamos en el campo del desarrollo económico y social, debo afirmar con convicción que, para que ese desarrollo sea duradero, debe tener sus raíces en la historia, en la incomparable fuerza de la diversidad, en una sociedad que ha hecho las paces con su propia identidad. Debe ser capaz de basarse en la tolerancia para poder compartir y coexistir consigo misma y con las demás.

A esta altura de la vida, y con muchos años detrás, debo reafirmar que el crecimiento económico necesita acompañarse de un crecimiento espiritual de los individuos y de la sociedad toda entera. Un desarrollo sin identidad, sin referencia a la cultura, es un espejismo y como tal no podrá ser duradero. Nuestro pequeño país junto con todos sus logros y más allá de sus tribulaciones, ha conseguido generar una identidad propia. No es poco mérito para las generaciones que nos han precedido. Somos conscientes también que la identidad no es una adquisición definitiva y sin ambigüedades y que deberemos vivir en un mestizaje identitario en continua evolución.

Tanto la creatividad, como la tolerancia, sacan sus fuerzas de la educación y de la cultura. La educación es por definición, universal. La cultura, por la misma razón es local. Ambas se encuentran y concilian cuando somos capaces de sentir lo que otros sienten y de aceptar otras perspectivas. Al fin de cuentas, miramos el paisaje desde nuestro punto de vista, con nuestra cultura, pero sabemos, por la educación que miramos la misma realidad.


Amigos y amigas:

Vivimos en un mundo complejo de cambios rápidos. El inicio del siglo que vivimos ha marcado la crisis de sociedades utópicas y de modelos que pretendían responder desde el Estado a las necesidades de sus ciudadanos. Han cambiado los medios, pero no los objetivos que siguen siendo válidos.

Mirando con perspectiva histórica y años detrás, yo les diría a los jóvenes generaciones, que para comprender bien es preferible no tener ninguna idea, que tener una idea falsa. Tan importante como el conocimiento es la actitud frente al conocimiento. Tarde o temprano hay que asumir humildemente la preocupante realidad de que nunca sabremos lo suficiente y que de todas maneras seremos llevados a actuar. Para vivir bien es preferible tener una esperanza, aunque sea difícil de alcanzar, que no tener ninguna. No abandonen la utopía. La utopía es diferente de la fantasía. Es una construcción que parte de anhelos humanos profundos, que sin tener territorio donde expresarse, oficia de esperanza. Pues bien, quizás la fuerza capaz de dar sentido a las sociedades de este siglo provenga de una utopía moral. La Universidad, compuesta de juventud y de experiencia, con su acceso al conocimiento y su capacidad de difundir valores puede participar en la construcción de esa utopía y ayudarnos a acercarla a la realidad.

Muchas gracias.
Publicado el miércoles 31 de octubre de 2007

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Enrique Iglesias
 
 

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