Fernando Rius: «Carnaval y Universidad están relativamente distanciados pero no enemistados»

Al universitario, nada de lo humano debería serle ajeno. Sin embargo, muchas veces es dificultoso desprenderse de modos de ver y organizar el mundo que van parcelando tanto el campo del saber como el campo de lo social. En los últimos años la Universidad ha enfatizado la necesidad de afianzar su relacionamiento con la sociedad, y en ese marco, artes y tradiciones populares están siendo abordadas desde distintos enfoques disciplinarios.
Buscando respirar el aire tibio de febrero, el Portal de la Universidad se acerca al carnaval buscando el testimonio de esos seres anfibios que son, a la vez, universitarios y carnavaleros. En esta ocasión el Portal dialogó con Fernando Rius, docente universitario y murguista.
Rius es profesor adjunto de Semiótica y Teoría de la Interpretación, en la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación de la Udelar, de donde es egresado. Está culminando un doctorado en Semiótica en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina.
En el carnaval uruguayo ha participado en los conjuntos
Los Maragatos,
Antimurga BCG y
Los Rebeldes, entre otros. En 2011 formó parte de
La Enredadera, una murga de San José creada especialmente para despuntar el vicio de viejos murguistas. En carnavales anteriores obtuvo distinciones por la Mejor escenificación individual (1986), el Mejor maquillaje individual (1986), la Mejor puesta en escena (1995 y 1998), y como Figura de murgas (2000 y 2002).
Los estudios universitarios y el carnaval suelen percibirse como esferas separadas de la vida social, casi sin intersección. ¿Cuál es tu experiencia acerca de la distancia entre estos dos ámbitos?
Efectivamente, Carnaval y Universidad están relativamente distanciados pero no enemistados. Hubo una época en la que cada facultad tenía su murga conformada por estudiantes pero, hasta donde sé, no solían frecuentar los circuitos del carnaval. Por otra parte, aquellos universitarios que ficharon para agrupaciones de renombre fueron casos aislados y no representaron una incursión institucional organizada de la universidad en el carnaval. No obstante, en las últimas tres décadas se aprecia un creciente número de universitarios involucrados en el carnaval, como técnicos, componentes, periodistas y espectadores. Lo que ayer estaba lejos, hoy parece estar un poco más cerca.
Más allá de estos entrecruzamientos puntuales, ninguna de las dos esferas le presta demasiada atención a la otra. En la Universidad, si bien los hay, no abundan los estudios sobre los fenómenos carnavalescos locales. Del otro lado, los repertorios no acostumbran tomar nota del quehacer universitario fuera de ciertos hechos que cobran notoriedad como, por ejemplo, la huelga de los anestesistas en 2010, aunque, claro está, fue percibida más como un conflicto corporativo que como acontecimiento directamente vinculado a la universidad. Aquello que una vez dijo Quijano de que la “universidad es el país” no ha sido refrendado por el carnaval. Y por su parte la academia sigue distinguiendo, a menudo, entre objetos de estudio dignos y objetos de estudio indignos.
En tu caso, ¿cómo repercute la creación y actuación carnavalera en la tarea docente?
En dos frentes, diría yo. En primer lugar, la situación del aula reproduce, hasta cierto punto, la lógica espectacular que caracteriza al carnaval, al colocar a un actor frente a su auditorio. Quien ha transitado por escenarios se adecua con relativa comodidad a una nueva forma de comunicación que sin embargo no necesariamente le resulta ajena. En algunos países, por extraño que parezca, se incluye dentro de la formación pedagógica, asignaturas vinculadas al arte escénico.
En segundo lugar, para quienes trabajamos en ciencias humanas, el carnaval con sus múltiples aspectos, sociales, políticos, económicos, ideológicos, discursivos, en fin, culturales –para decirlo con una palabra tan amplia como problemática–, se presenta como un campo metodológico que suministra infinidad de cuestiones para el análisis, a la vez que área para practicar la extensión universitaria que aún resta por explorar. Una simbiosis entre carnaval y universidad, le haría bien a ambos, siempre y cuando el carnaval no se academice y la universidad no se carnavalice.
¿Cómo se vive el carnaval en San José y en el Interior?
En interior del país, por regla general, el carnaval tiene los pulmones menos desarrollados que en la capital. La imposibilidad de establecer una red de escenarios en un territorio comparativamente pequeño que permita itinerarios de varias actuaciones por noche a un costo razonable, como ocurre en el área metropolitana, conspira contra el progreso del fenómeno al norte del río Santa Lucía. Aunque no es ésta la única causa que incide en un hecho complejo que en cada departamento tiene sus peculiaridades. En algunas zonas fronterizas acusa la influencia del Brasil mientras que en otros lugares muestra claros síntomas de aislamiento.
Aquí en San José, la cercanía geográfica con Montevideo favoreció, desde fines de los años 50, la participación de murgas, primero, y humoristas, más tarde, en el carnaval capitalino, varios de ellos con gran suceso. No obstante, los tablados locales –oficiales o comerciales– concentran un público mayoritariamente conformado por los estratos más bajos de la sociedad. La televisación del concurso desde el Ramón Collazo y la llegada de algunos conjuntos al Teatro Macció parece estar revirtiendo este hecho, al atraer la atención de las capas medias y ampliar la fiesta al conjunto de la sociedad.
¿Se puede hablar de una relación entre el proceso de profesionalización que ha transitado el género murga y una creciente participación de gente con estudios universitarios?
Hace décadas se empezó a hablar de profesionalismo en un contexto donde ciertos directores acaudalados pagaban fortunas por vestuarios suntuosos y cantores o “capocomicos” de prestigio. Por tanto, yo no ataría eso que a veces se llama profesionalización del carnaval a la gradual incorporación de actores universitarios en los cuadros técnicos o en los elencos de los conjuntos. En todo caso, el carnaval ha ido cambiando su fisonomía, entre otros motivos, por la llegada de gente con formación artística desde distintos círculos o instituciones que hace treinta años o más tenían una muy limitada proyección en los espectáculos carnavalescos, en general, y en las murgas, en particular. Los distintos géneros, sobre todo la murga, se fueron redescubriendo dentro pero también fuera de su hábitat tradicional. En ese sentido, el carnaval asimiló distintos discursos procedentes de otras disciplinas ensanchando así sus marcos de referencias y enriqueciendo sus propuestas y prestó sus formas y sus ritmos para diversas experiencias artísticas o mediáticas. Pero esto no es atribuible exclusivamente a la participación de universitarios que hoy continúan siendo una minoría. El carácter profesional del carnaval, o mejor dicho su profesionalismo amateur, no se explica únicamente por el reclutamiento de ciertos recursos humanos con formación académica.
¿Cómo percibís que ha ido cambiando la temática que tratan las murgas desde 1985 hasta la actualidad? ¿La murga se para desde otro lugar para hacer crítica desde que gobierna la izquierda?
Los cambios experimentados desde el año 85 –aunque podríamos fechar el inicio del proceso de transformación un poco más atrás– no afectan solamente a los contenidos temáticos de los conjuntos. Hay modificaciones estructurales y actitudes estéticas que paulatinamente se han ido afianzando desde aquel entonces. Por ejemplo, el clásico cuplé centrado en uno o dos personajes que cantaban con el apoyo de un coro limitado al estribillo, ha dado paso al conjunto de la murga devenida, ahora, en personaje principal. A eso se suma la inserción de verdaderos cuadros de stand up, para utilizar una expresión que está de moda. La estructura rítmica y melódica se ha tornado más fragmentaria y compleja, nutrida en fuentes musicales muy variadas y dotada de arreglos, en algunos casos, muy elaborados. Son comunes los temas inéditos, incluso los repertorios donde hasta la última canción ha sido compuesta para la murga. En cuanto a la vertiente visual del espectáculo, hay que observar los constantes cambios de vestuario y el papel omnipresente de una puesta en escena de cuño teatral que, en opinión de algunos, ha desnaturalizado al género.
En cuanto a los temas, naturalmente sigue habiendo una predilección por las cuestiones de actualidad. No obstante, recientemente se han empezado a abordar contradicciones sociales que históricamente las murgas habían obviado. Atrás ha quedado la brocha gorda o el discurso de barricada que tantos frutos rindió en los años de la restauración democrática. A la orden del día están las críticas a los prejuicios o aberraciones sociales, desde la homofobia, hasta la violencia doméstica, pasando por el consumismo, el conformismo o el esnobismo. El humor absurdo, también halló su lugar y junto con otras formas ha ido desplazando al tradicional juego verbal del doble sentido, hoy un poco desgastado pero que todavía perdura en algunos espectáculos. Uno de los pioneros de esta innovación ha sido Jorge Esmoris.
La murga siempre ha tenido un discurso político, muchas veces explícitamente alineado con la izquierda. En ocasiones, algunos títulos funcionaban como expresión orgánica de un partido. El ejercicio de la crítica a los gobernantes, tan típico, se vio en problemas tan pronto como el Frente Amplio llegó al poder. De la noche a la mañana, las murgas dejaron de echar espuma por la boca y los libretistas se pusieron a buscar otras soluciones para sus repertorios. Consciente de eso, algún conjunto, se ha referido a esa reticencia, se podría decir, como forma de expiar el pecado que también ellos cometen. Se trata de un guiño autorreferencial que se está volviendo una práctica habitual en el carnaval. Con todo, de a poco las murgas se han ido animando a reorientar sus críticas hacia el gobierno en la medida en que la realidad se lo demanda.
¿Murgas eran las de antes?
A veces tengo ganas de escuchar a los viejos
Saltimbanquis para recobrar aquellos extraordinarios registros aunque más no sea a través de grabaciones deficientes en VHS, subidas a Youtube. Esa folclórica emisión nasal, potente y lisa, se ha ido perdiendo de la mano de la exigencia de una mejor vocalización pautada desde los propios reglamentos del concurso oficial. No voy a deslizar un juicio de valor pero, sin duda, se trataba de una marca de identidad del género, hoy prácticamente perdida. Actualmente las murgas, en su forma de cantar, ya casi no se distinguen de los parodistas. No soy, sin embargo, de los que se intoxican con la nostalgia. En el carnaval actual -que todavía es muy desparejo- hay, pese a todo, señales de madurez artística y eso es para celebrarlo.
¿Qué murgas dirías que dejaron una huella en el carnaval uruguayo?
Falta y Resto,
Antimurga BCG,
Contrafarsa, por nombrar sólo tres de las cuales únicamente la primera continúa saliendo. El fenómeno de la “murga joven”, más reciente, al parecer, terminará por imponerse, cuando la murga joven haya envejecido. De forma general, todas estas influencias deberían analizarse al menos en dos niveles diferentes pero conectados: la huella dejada por ciertos referentes del género en el resto de los conjuntos, apreciable en ciertas mutaciones de sus discursos artísticos; y las huellas que van quedando en el imaginario carnavalesco o en la memoria colectiva donde han tenido mucho que ver diversas mediaciones.
Publicado el miércoles 8 de febrero de 2012
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