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Domingo 18 de Agosto de 2019

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Jorge Brovetto recibe título honoris causa: De ida y vuelta

Jorge Brovetto | Foto: Richard Paiva-UCUR«Es una emoción muy especial, porque es recibir el título de quien me ha dado tanto», expresó Brovetto previo a recibir el título de doctor honoris causa que la Universidad de la República le otorgó este jueves. «Si tuviese que decir qué se está reconociendo con este título, diría que se está reconociendo a la propia Universidad, en todo caso uno es un ejemplo de miles y miles que se expresan todos los días en la actividad profesional, en la actividad estudiantil, la actividad docente», confió al Portal de la Udelar.

La vocación de Brovetto por la ciencia tiene sus raíces en los libros que su padre le regaló cuando estaba en el liceo: uno sobre la vida de Luis Pasteur y otros con los que aprendió a realizar «pequeños experimentos» en el garage de su casa. Su madre era maestra y veía a la educación como una salida para la situación social de sus alumnos, alimentaba a algunos que «no tenían con qué comer». Con su familia se interesó por los temas sociales y por lo que la ciencia podía aportar al bienestar de las personas. «Todo el resto me lo dio la Universidad, y cuando digo la Universidad no hablo exclusivamente de ella como estructura, me refiero también al papel fundamental del movimiento estudiantil, a la formación como persona, en el aula y en la asamblea, en el examen y en las discusiones en la FEUU. Todo eso fue aprendizaje, fue formación. Si tengo que decir cuál de las dos me dio más, no sabría decirlo».

Brovetto egresó de la Facultad de Química de la Universidad de la República en 1961, con el título de Químico Industrial / Ingeniero Químico. Profundizó su formación académica efectuando estudios de posgrado en el Istituto Superiore di Sanitá de Roma (1965) en el área de biofísicoquímica enzimática, y en la Universidad de California, Berkeley (1968-70) donde desarrolló investigaciones sobre la bioquímica de hormonas proteicas y polipeptídicas.

Se desempeñó como Profesor Titular de Bioquímica de la Facultad de Veterinaria y ocupó otros cargos docentes en las Facultades de Química y de Medicina de la Universidad de la República. Fue rector de la Udelar desde 1989 a 1998 y ministro de Educación y Cultura de 2005 a 2008. Este jueves recibió de las autoridades universitarias el título de doctor honoris causa en el Paraninfo.

Hoy tiene 80 años; cuando era estudiante en la Facultad de Química conoció a Antonia Gelabert, su esposa, con quien compartió el interés por la investigación. Tuvieron cinco hijas que acompañaron sus etapas de formación académica en diferentes países. Actualmente está dedicado a escribir los cuentos que inventaba para sus 13 nietos.

¿Comenzó investigar siendo estudiante de la Facultad de Química?

Entré en la facultad en el año 1953, en la que ya había focos de inquietud por la creación científica, uno de ellos en química orgánica, donde estaba el profesor Mario Falco. A ese equipo se sumó Antonia, mi señora, a quien conocí en la facultad como compañera y tenía el mismo tipo de inquietudes. Empecé como becario de investigación con Juan Alberto Coch en la cátedra de físicoquímica. Ya había docentes que habían estado en Europa; la facultad tenía una relación muy buena con el Istituto Superiore di Sanità de Roma porque su director, Giovanni Marini Bettolo, había impulsado en Uruguay, Argentina y Brasil el trabajo sobre productos naturales; su madre era uruguaya. Entonces Antonia y yo fuimos a una primera beca a ese instituto en Roma. Ya eran nacidas dos de las hijas, no obstante lo cual hicimos el tremendo esfuerzo y estuvimos en Roma nueve meses trabajando en investigación. Antonia trabajó con una italiana que era premio Nobel, Rita Levi-Montalcini, y yo con el propio Marini Bettolo. Es decir, encontramos una facultad que ya estaba impulsando la investigación, los profesores dedicaban mucho tiempo pero no tenían todavía la dedicación total, el régimen recién se estaba empezando a establecer.

Después continuó su formación en el servicio de Roberto Caldeyro Barcia ¿Cómo era el trabajo allí?

Yo ingresé a trabajar con él a partir de un simposio mundial sobre la oxitocina —la hormona desencadenante de todo el trabajo de parto—, que se hizo en Montevideo justamente porque aquí estaba el servicio de fisiología obstétrica que dirigía Caldeyro Barcia, que era un referente mundial en esa área. Al simposio venía un inglés, Reginald Fitzpatrick, que tenía un método para aislar la oxitocina. Pero nosotros aquí en Montevideo, con el profesor Coch y con dos compañeros del área médica habíamos desarrollado un método que era mejor. Finalmente Fitzpatrick vino a radicarse para trabajar en el servicio de Caldeyro. Nos hicimos muy amigos, trabajamos muy bien, se hacía investigación de primer nivel, tanto es así que venían como becarios profesores europeos, latinoamericanos, norteamericanos.

Uruguay era un país pequeño y desconocido, conocido más por el fútbol que por otra cosa; pasó a ser conocido, por lo menos en el mundo de la biología y la medicina por Caldeyro Barcia. Cuando viajaba al extranjero, inmediatamente veía que Uruguay era sinónimo de Caldeyro Barcia. Tan referente era que en los congresos de obstetricia y ginecología de la American Medical Association uno de los conferencistas siempre era Caldeyro, el otro variaba. Estando yo becado con Antonia en Estados Unidos trabajando en investigación, se realizó en San Francisco ese congreso y Caldeyro dio su conferencia. Esa noche yo le dije «Caldeyro, lo que usted dijo en la conferencia es lo que está dando a sus alumnos de segundo año de Facultad de Medicina». «Si, exactamente. Los alumnos de Facultad de Medicina están en estas áreas del conocimiento varios años adelantados con respecto a estos más de 1500 médicos, obstetras y ginecólogos estadounidenses», y esto era absolutamente así, porque esas investigaciones se realizaban en Uruguay y la docencia se hacía a ese nivel.

Gracias a los espacios que abría Caldeyro con su actividad científica, tuve la posibilidad de hacer mi posdoctorado en la Universidad de California en Berkeley, en el Hormone Researh Laboratory, con el profesor Choh Hao Li. Allí hicimos, tanto Antonia como yo, nuestro posgrado; ya estábamos con tres hijas. Yo me adelanté, viajé en enero y al mes siguiente Antonia, con la más chica de ellas, de 14 días. Las dos mayores que eran muy pequeñitas, iban a la escuela experimental de la universidad, entonces llegaron acá y hablaban solo en inglés. Claudia, la que fue con 14 días, se doctoró en lingüística y hoy está trabajando en el tema de la adquisición de la segunda lengua. Margarita trabaja en la misma línea de la madre, la síntesis en química orgánica. La mayor, Lala, es psicóloga y trabaja en un colegio. María la menor es arquitecta, y Marcela vive en Treinta y Tres y se dedica a la producción de arroz.

En 1973 usted era docente en la Facultad de Veterinaria y trabajaba en el Centro Latinoamericano de Perinatología (CLAP) a cargo de Caldeyro en el Hospital de Clínicas ¿Qué pasó en el ámbito académico?

El día que se intervino la Universidad la secretaria de Caldeyro estaba pasando un proyecto de todos los profesores de bioquímica y de genética de las facultades de Veterinaria, de Química, de Medicina, de Agronomía, que íbamos a trabajar en conjunto sobre un tema de investigación de interés nacional: la lactación. El equipo de trabajo nunca se pudo formar. Algunos de esos investigadores abandonaron el país, otros quedamos y tuvimos diferentes tipos de problemas, presos o no presos. También se desmanteló el equipo que veníamos armando en la Facultad de Veterinaria, yo renuncié, otros se fueron. Desapareció todo lo bueno que se estaba haciendo. A veces cuando se piensa en la dictadura se olvida todo lo que representó como retraso. Afortunadamente ese tipo de trabajo ya había tomado fuerza como para que después de la dictadura comenzara nuevamente. La Universidad de la República tiene sólidas raíces porque existieron profesores referentes no sólo en las ciencias biomédicas, sino en otras áreas como la física, las matemáticas, como la escuela estupenda de los profesores Rafael Laguardia y José Luis Massera, y también en las ciencias sociales.

¿Cómo se vivió la reconstrucción en la Universidad al retorno de la democracia?

El trabajo de restauración del cogobierno y de la autonomía universitaria lo comenzamos antes de que cayera la dictadura totalmente, haciendo reuniones en un momento en que ya no se corría el peligro de años anteriores, se estaba produciendo la transición. Empezamos a reunirnos en casas de familia, de repente éramos cien personas, docentes de diferentes facultades, discutiendo cómo hacíamos para restablecer todo. Luego trasladamos las reuniones a las propias facultades, citadas por los docentes, las agrupaciones de estudiantes y las de egresados. Culminaron todas con una asamblea general en la Facultad de Ciencias Económicas, y ahí se eligieron los delegados de los tres órdenes para integrar el Consejo Directivo Central (CDC) de la Universidad. Eso fue en 1985; yo fui electo por el orden de egresados. Además, trajimos al rector Samuel Lichtenstein y a todos los decanos de antes de la dictadura que quisieron venir. Armamos el CDC de vuelta con las mismas personas y con los nuevos delegados de los órdenes. Cuando [Julio María] Sanguinetti asumió la presidencia convalidó todo ese trabajo, eso fue muy importante. En realidad lo hizo porque medió la doctora Adela Reta, colorada, una persona estupenda, excelente profesora y una gran universitaria. Entonces la democracia volvió a la Universidad con un gobierno provisorio electo por nosotros mismos, con la responsabilidad de llamar a elecciones universitarias en seis meses, y así lo hicimos.

¿Usted no retornó a la docencia en la Facultad de Veterinaria?

Decidí no volver a la docencia porque había pasado un tiempo muy largo y ya tenía otra actividad vinculada a la bioquímica pero en una empresa privada. Había puesto en marcha una fábrica de heparina [fármaco anticoagulante], que se obtiene a partir de la mucosa intestinal o de los pulmones de cerdo o de vaca. Procesábamos doce toneladas de mucosa intestinal diarias.

¿Dónde funcionaba?

La fábrica la comenzamos a hacer con Antonia en casa, en la cocina. La mucosa intestinal por decirlo de alguna manera es el juguito del chinchulín, que no es lo mismo que el contenido del intestino; lo procesan con rodillos acanalados, rompen la mucosa y después se saca. Entonces queda la tripa que se usa para hacer embutidos, y por otro lado eso que se tiraba, y que contamina de una manera escandalosa, porque es todo sustancia orgánica que demanda muchísima bioquímica de oxígeno en el agua. Recibíamos los tanques con la mucosa intestinal. Nos prestaron un fulón —un tanque de unos 2000 litros que gira con los productos químicos para el curtido del cuero—, y nos pusimos a extraer la heparina de la mucosa. La verdad que desde el punto de vista económico se venía abajo porque cuando empezamos a pensar en la fábrica el precio de la heparina era de 34 dólares la megaunidad; cuando la tuvimos en marcha estaba a ocho dólares. Entonces yo salí solito a dar la vuelta al mundo a ofrecer la heparina. Cuando fui a Europa estuve más de 20 días en los que hice 17 entrevistas y en la última de todas le vendí 100 gramos a un español. Era una cantidad importante, porque sacábamos un kilo cada seis toneladas de mucosa. El hecho es que volví diciendo «esto no funciona». Finalmente una empresa argentina muy grande que producía heparina nos tomó de socios minoritarios, con la condición de que quedáramos los que estábamos al frente de la fábrica. Y siguió marchando, pero cuando volvió totalmente la vida universitaria renuncié primero a la dirección técnica y después a todo.

¿Qué políticas de investigación delineó la Udelar luego de la dictadura?

Cuando se estaba manejando el primer presupuesto universitario, una de las cosas que se discutían era cómo asignar recursos a la investigación. Las opciones eran hacer una distribución a toda la Universidad, como una capa de aceite mínima, o empujar proyectos y equipos que se podían reorganizar inmediatamente y tener resultados. Nos volcamos por esta última, para que cumplieran la función de demostrar que era posible, que se podía hacer investigación de nivel en el país, que podía estar vinculada a temas nacionales y podía servir para la formación en las diferentes disciplinas. Se hizo un plan que le dio gran impulso a la investigación científica. Mientras fui rector se creó la Comisión Sectorial de Investigación Científica (CSIC). Se llevaron adelante proyectos que iban con una política estructurada y discutida por todas las áreas de la Udelar. Además del presupuesto universitario, diferentes investigadores tenían contacto con fuentes de financiamiento del exterior que eran muy fuertes en el área médica y no tanto en otras. De alguna manera las políticas centrales tenían que evitar los desequilibrios.

Usted impulsó la integración regional universitaria en la Asociación de Universidades Grupo Montevideo (AUGM) y otras organizaciones. ¿Por qué es importante esa integración?

Primero porque no hay prácticamente ninguna universidad que tenga excelencia en todas las áreas del conocimiento. Normalmente, incluso en el mundo desarrollado, se crean redes reales o virtuales, organizadas o de hecho. Las universidades de la AUGM teníamos y tenemos muy buena relación. Al encontrarnos en un congreso internacional en Caracas empezamos a ver que nuestras problemáticas eran similares. Es más, con los argentinos nos pasaba que uno empezaba una frase y el otro la podía continuar. Teníamos los mismos problemas, las mismas inquietudes; todos somos tributarios de la reforma de Córdoba, tenemos características que hacen que juntos seamos mucho más potentes. Entonces impulsamos la idea de trabajar juntos, en la complementación. Una de las primeras cosas que nos planteamos fueron los núcleos disciplinarios, para definirlos cada universidad propuso un área científica en la cual estuviera desarrollada, que pudiera ofrecer al resto del grupo. Aparecieron proyectos realmente interesantes, se analizó cómo estaba el desarrollo de cada disciplina en la región, qué carencias y potencialidades había y qué acciones se podían impulsar. Además creamos comités académicos, para el estudio de los problemas que no son de cada país sino de todos, como por ejemplo el recurso hídrico de la región.

En aquel momento el Banco Mundial pretendía que los países con inequidades y sectores sociales muy desfavorecidos no utilizaran el presupuesto en educación superior sino en la resolución de problemas básicos. La experiencia ha demostrado que aplicando esas políticas, una vez resueltos los problemas básicos esa sociedad no puede seguir avanzando porque ya no cuenta con gente preparada para el desarrollo del conocimiento. Además, la Organización Mundial de Comercio había aprobado una resolución que incorporaba a la educación como una mercancía, y esto era manejarla exactamente igual que la venta de zapatos o de rodados. Entonces el Grupo Montevideo lideró en América Latina y se unió con sectores del resto del mundo para enfrentar estas posturas, en defensa de la soberanía y de la autonomía en el manejo del conocimiento.

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Publicado el miércoles 20 de noviembre de 2013

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Jorge Brovetto  | Foto: Richard Paiva-UCUR OLYMPUS DIGITAL CAMERA
 
 

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