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Miércoles 22 de Mayo de 2019

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Claudio Martínez Debat: alimentos transgénicos en Uruguay

Claudio Martínez Debat. Foto: Rosana Porteiro: UCUREn la Sección Bioquímica de la Facultad de Ciencias se encuentra el laboratorio de Trazabilidad Molecular Alimentaria donde trabaja Claudio Martínez Debat y su equipo de investigadores. Dos espacios, en el primero microscopios e innumerables soportes de tubos de ensayos, en el segundo, dos computadoras, estanterías y escritorios llenos de revistas, libros, carpetas, biblioratos, delatan años de estudio, docencia y trabajo de investigación. El Portal de la Udelar habló con Claudio Martínez Debat acerca de alimentos con componentes transgénicos y del decreto de la Intendencia de Montevideo (IM) de etiquetado de alimentos.

¿Cómo fue que un joven apasionado por la música resolvió orientar su vocación a la bioquímica? El investigador dice que esta elección profesional fue el resultado de una combinación de condiciones, la negativa de sus padres de que se dedicara a la música, su aficción desde temprana edad a los experimentos (de niño tenía un juego de caja que le enseñaba a hacer algunos) y una gran curiosidad.

En el 2008 un grupo de asociaciones interesadas en saber si la polenta consumida en Uruguay tenía componentes transgénicos solicitó a la Facultad de Ciencias que realizara una investigación al respecto. A partir de este trabajo Martínez Debat y su equipo de investigadores comenzaron a estudiar la relación entre alimentos y transgénicos y se vincularon con la división Salud de la IM que planteó la misma investigación para 20 marcas de polentas urugayas.

Interés creciente
Martínez Debat considera que hoy hay un cambio radical en el pensamiento de las personas, se pasó de «de algo hay que morirse» a «quiero vivir sano». Para el investigador una de las causas de que se dé este proceso es la toma de conciencia por parte de la gente de la incidencia de la calidad de los alimentos y del agua en el aumento de enfermedades crónicas que se ha registrado en los últimos años.

Investigadores de la Udelar, el Instituto Clemente Estable, organizaciones sociales como Amigos de la tierra y Slow Food, comparten desde hace años un interés común por monitorear lo que sucede con los transgénicos y agrotóxicos en nuestro país y buscar alternativas a esta forma de producción. A raíz del enfoque común se formó un grupo de trabajo que nuclea organizaciones sociales y universitarios en la órbita del Espacio Interdisciplinario de la Udelar, el Núcleo Interdisciplinario colectivo TA (Transgénicos y Agroecología), del que Martínez Debat es co-coordinador.

Etiquetado de Alimentos transgénicos
Martínez Debat es el responsable académico del convenio entre la Udelar y la IM. A través de un trabajo conjunto con organizaciones de la sociedad civil, empresarios de la alimentación, representantes de la industria, técnicos y referentes académicos en el tema, se implementó la reglamentación del Etiquetado de Alimentos Transgénicos en Montevideo. El investigador confía que esta norma a futuro se apruebe en todo el país.

La normativa municipal establece que los alimentos que tengan más de 1% de alguno de sus componentes, genéticamente modificados deberán estar identificados por una etiqueta con la letra «T» acompañada de la leyenda «Contiene organismos modificados genéticamente». Como se estableció en la norma, su cumplimiento comenzó a ser controlado por la IM en setiembre de 2018.

Un modelo productivo regional
El investigador informó que en Uruguay se produce soja y maíz transgénico y que este modelo productivo involucra la región (Uruguay, Brasil, Argentina, Bolivia y Paraguay). Agregó que se introdujo con la promesa de mitigar el hambre en el mundo y disminuir el uso de agrotóxicos y que luego de 20 años de implantación en el país se ha demostrado que estos compromisos han sido incumplidos. Los transgénicos fueron diseñados para resistir dosis masivas de agrotóxicos lo que genera que cada vez requieran dosis más fuertes y agroquímicos más potentes. Por otra parte la mayoría del cultivo transgénico de Uruguay se exporta para alimentar animales de Europa y China.

Martínez Debat explicó que los transgénicos son vegetales modificados a través de ingeniería genética, se les introducen segmentos de ADN de otros organismos para aportarles algunas ventajas de tipo agronómico (la soja se hizo resistente a herbicidas, en particular el glifosato y al maíz se le dio la propiedad de eliminar insectos).

Efectos de los transgénicos y agrotóxicos
El investigador manifestó que aunque no hay una comprobación científica de que los transgénicos tengan efectos nocivos por sí mismos en la salud humana, no hay suficientes estudios aún. De lo que sí existen datos comprobados es de los efectos de los agroquímicos sumados a la forma de producción de los transgénicos, en especial el glifosato que es el más utilizado en la actualidad.

Añadió que en Argentina se hicieron investigaciones epidemiológicas con personas que viven en zonas de cultivo transgénico y fumigación masiva, y se encontró en ellas una alta incidencia de enfermedades terminales como el cáncer y crónicas como el hipotiroidismo, obesidad mórbida y depresión. Para Martínez Debat la situación de Argentina puede dar alguna luz acerca de posibles efectos en Uruguay. El sistema productivo y los productos agrotóxicos usados en nuestro país son los mismos que en Argentina, aunque el volumen de producción sea menor que en el país vecino.

Opinó que la falta de investigaciones epidemiológicas en Uruguay, sumado a que no se realizan análisis clínicos de niveles de glifosato en sangre y orina (aunque existe la tecnología como para hacerlos), hace que los médicos en nuestro país no estén preparados para identificar si patologías que les llegan a la consulta son consecuencia del contacto de los pacientes con agrotóxicos. Para Martínez Debat es una necesidad que se empiecen a realizar exámenes clínicos para detectar estos productos. Estudios realizados a integrantes del colectivo TA que se ofrecieron para la investigación de niveles de agrotóxicos en su organismo, revelaron la presencia de glifosfato en su cuerpo. Agregó que este tema debe ser abordado en forma interdisciplinaria y que el laboratorio de Trazabilidad Molecular Alimentaria ha formado investigadores en el tema en estos años de trabajo y en la actualidad trabaja en forma conjunta con una médica epidemióloga.

Planteó también que otros efectos de los agrotóxicos se dan sobre el medio ambiente. En investigaciones recientes se ha encontrado glifosato en el agua, en el aire y en la tierra y debido al ciclo químico de los componentes de estos productos, quedan restos en las frutas y las verduras, aún mucho después de fumigadas. Sumado a esto, por la acción del viento el glifosato puede llegar a zonas alejadas del lugar en el que se aplicó, en 2012 científicos encontraron componentes de estos productos en la Antártida.

Por otro lado investigaciones del colectivo TA han comprobado que en producciones de agricultores orgánicos se da el cruzamiento de sus cultivos con semillas transgénicas que llegan con el viento. Cuando pasa esto, el productor pierde el estatus de órgánico de esa cosecha con el perjuicio económico que esto conlleva.

Se necesitan controles
Martínez Debat opina que el Estado tiene la responsabilidad de instrumentar mecanismos de control que regulen los niveles de agrotóxicos que se utilizan y delimitar zonas de exclusión para el uso de estas sustancias de forma de proteger producciones orgánicas y cursos de agua tal como se hace en Europa. En Uruguay hay experiencias locales, la Intendencia de Canelones (departamento con mayor producción frutícula y hortícola del país) delimitó zonas de exclusión en el uso de agrotóxicos para proteger producciones orgánicas y cursos de agua.

Asumir la responsabilidad
Martínez Debat cree que la demora que implica el mecanismo de resolución de los gobiernos sumado a que el cultivo de transgénicos responde a un sistema productivo de carácter regional vinculado con intereses internacionales, hace que los cambios que vengan del Estado sean mucho más lentos que los que puede promover la sociedad organizada. En Argentina el proceso de resistencia de organizaciones sociales frente al avance masivo de grandes producciones transgénicas, ha logrado muchas veces delimitar y desplazar estos emprendimientos hacia otras zonas del país.

Para el investigador esto reafirma el papel del vínculo entre la Universidad y los actores sociales. Opina que es una responsabilidad ineludible de los académicos relacionados con el tema, plantear todos los espacios de difusión posibles para acercar la información de forma accesible a los ciudadanos, así como elaborar en forma colectiva propuestas de extensión y modos de producción de alimentos alternativos.

Aunque realiza alrededor de cincuenta charlas anuales sobre este asunto en distintos lugares del país, considera que aún falta información. Sostiene que la discusión acerca de los transgénicos está polarizada, no solo a nivel de los ciudadanos, sino también de la academia. Muchos investigadores a nivel mundial realizan trabajos para empresas a las que están vinculados lo que pone en tela de juicio el resultado de sus investigaciones. Afirma que es necesario que haya voluntad de establecer un diálogo basado en hechos entre los distintos actores, esto exige que se investigue y que los datos obtenidos sean fidedignos y públicos. «Hay consciencia e información a algunos niveles, a otros no».

Generar alternativas
El investigador sostuvo que hoy su postura no es pelear contra los transgénicos sino enfocarse en encontrar propuestas alternativas y que estas se basan en cambiar a un modelo productivo agroecológico. Agregó que esta forma de producción propone el cultivo orgánico de alimentos con un control de las plagas desde el punto de vista biológico, sin utilizar agrotóxicos ni fertilizantes químicos. Permite así dejar de lado las estrategias de guerra que utiliza la producción transgénica para eliminar las plagas (con el consecuente deterioro del medioambiente y la salud de las personas). Añadió que en Uruguay hay muchos y muy buenos emprendimientos agroecológicos, a los que les cuesta mucho llegar con su producción a la población por la poca difusión que tienen.

Opinó que para generar cambios reales es necesario elaborar estrategias que ayuden a desatar el nudo del miedo a enfermarse que se ha instalado en la población, frente a la sensación de inseguridad en la calidad de los alimentos. Añadió que lo que genera el miedo en la sociedad es la creencia de que es imposible protegerse ni realizar cambios frente a la potestad de decisión de las grandes empresas productoras de comida. Para el investigador, aunque el poder de las multinacionales que manejan el mercado de la producción de alimentos es real, los ciudadanos pueden ser motores de cambios. A través de movilizaciones sociales y del voto pueden lograr que los gobiernos aprueben reglamentaciones que regulen la producción, difundan información acerca del origen y la composición de los alimentos que se consumen. Otra de las potestades de los ciudadanos es trasladar la demanda hacia formas de producción agroecológica al consumir alimentos orgánicos.

Planteó que entre los opositores al cambio de modelo productivo se maneja el argumento de la pérdida económica en la balanza comercial del país que acarrearía el abandono del modelo transgénico. Frente a esto el investigador argumenta que aunque no se elimine por completo la producción transgénica en Uruguay se puede delimitar a zonas del territorio de forma de mitigar los daños e ir sustituyendola por la producción agroecológica sin afectar la economía nacional. Hay una demanda creciente en los países del primer mundo por alimentos de calidad producidos en forma orgánica, libres de agrotóxicos, que estarían dispuestos a pagar un precio más elevado por estos productos.

Para Martínez Debat el cambio de conciencia necesario para lograr transformaciones verdaderas radica en que los ciudadanos entiendan el poder que tienen con sus elecciones y comiencen a actuar, tener una huerta propia, hacer una huerta comunitaria, apoyar huertas de centros educativos y emprendimientos agroecológicos comprando sus productos orgánicos. Agregó que es hora de que las personas vuelvan a tomar contacto con la naturaleza, es necesario «meter los pies en la tierra para asegurar un mundo saludable para nuestra descendencia», dijo el investigador.

Finalmente sostuvo que debemos aprender que la naturaleza es resiliente y cuando los seres humanos le hacemos daño, hace todo lo posible por volver al estado de equilibrio en forma integrada con todos los seres que se encuentran en ella. Manifestó que cuando los seres humanos entendamos que formamos parte de la naturaleza y somos interdependientes con todo lo que la habita, seremos responsables por nuestra propia vida y por la vida de los otros. «Nos han hecho creer que podemos ser más inteligentes que la naturaleza, tenemos que aprender de ella».

Publicado el jueves 20 de diciembre de 2018

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Claudio Martínez Debat. Foto: Rosana Porteiro: UCUR
 
 

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