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Lunes 22 de Abril de 2019

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Angela Davis: Descifrando racismo, clasismo y machismo

Nacida en el sur de los Estados Unidos en 1944, Angela Davis conoció de cerca las formas más violentas del racismo, en una ciudad donde los ataques con bombas a la comunidad negra eran habituales. Tuvo la oportunidad de formarse en Nueva York, Massachusetts, París, y finalmente estudiar con los referentes de la Escuela de Fráncfort, hasta que el intenso embate racista y la lucha de la comunidad negra en su país la motivaron a regresar. Fue encarcelada en 1970, lo que generó en todo el mundo reclamos y movilizaciones en favor de su liberación.

La Udelar le entregará el título de Doctora Honoris Causa este sábado 23 de marzo a las 18 horas en la Explanada del edificio principal, en reconocimiento a su compromiso con distintas luchas colectivas contra la opresión. Conocida por su activismo político, antirracista y feminista, todas esas perspectivas han alimentado el análisis de las injusticias sociales que presenta en sus obras. Actualmente es profesora emérita del Departamento de Historia de la Conciencia en la Universidad de California en Santa Cruz, Estados Unidos.

Davis nació en Birmingham, Alabama, en 1944. Su barrio «era conocido popularmente como Dynamite Hill, porque los supremacistas blancos acostumbraban a poner bombas en las casas de las familias negras», señala el texto escrito por Eduardo Mendieta, como introducción al libro de Davis Democracia de la abolición. Prisiones, racismo y violencia. La dedicación a sus estudios le valió una beca financiada por los cuáqueros, para asistir a la escuela secundaria Elisabeth Irwin High School en Nueva York.

Posteriormente obtuvo otra beca para asistir a la Universidad de Brandeis, en Waltham (Massachusetts), donde estudió francés y literatura francesa. El tercer año lo cursó en la Sorbona, París. Allí Davis siguió directamente la lucha anticolonial de los argelinos, «lo cual le dio una perspectiva más global de la relación entre la lucha contra el racismo, el colonialismo y el imperialismo», expresa Mendieta. En 1962, Davis encontró en la capital francesa los mismos actos de violencia racista que en Birmingham: «estallaban bombas en los cafés frecuentados por los norteafricanos; aparecían cuerpos ensangrentados en callejuelas oscuras, y las paredes de los edificios y del metro estaban llenas de inscripciones antiargelinas», escribió en su autobiografía.

En setiembre de 1963 un grave atentado en su ciudad natal sacudió la lucha por los derechos civiles en el sur de los Estados Unidos. Una bomba colocada por el Ku Klux Klan en el baño de mujeres de una iglesia bautista mató a cuatro niñas negras, de entre 11 y 14 años, e hirió a otras 20 personas. «Aquel acto no era una aberración. No era un golpe improvisado por unos cuantos extremistas locos. Al contrario, resultaba lógico, inevitable. Las personas que colocaron una bomba en el lavabo de señoras de la iglesia baptista de la calle 16 no eran psicópatas, sino productos normales de su ambiente, aunque aquel espectacular y violento suceso, el salvaje descuartizamiento de cuatro muchachas, hubiese roto la rutina diaria, a veces casi monótona, de la opresión racial», reflexionó Davis.

Escuela roja
Poco después volvió a la Universidad de Brandeis, donde conoció a Herbert Marcuse, que la adoptó como su pupila. Con su apoyo, Davis recibió una beca para asistir a la Universidad Johann Wolfgang Goethe de Fráncfort, en 1965. Allí estudió filosofía en la tradición de la teoría crítica de la Escuela de Fráncfort, con cursos de Theodor Adorno, Jürgen Habermas, Karl Heinz Haag y Alfred Schmidt. En particular Oskar Negt motivó a Davis a dedicarse a las obras de Kant, Hegel y Marx. Respecto de su experiencia en el estudio del marxismo, Davis escribió: «Comencé a ver los problemas de los negros en el contexto de un gran movimiento de la clase trabajadora. Mis ideas sobre la liberación negra eran imprecisas, y no pude encontrar los conceptos correctos para articularlas; aun así, estaba adquiriendo cierta comprensión sobre cómo podría abolirse el capitalismo».

Durante los dos años que estuvo en Alemania, la lucha del movimiento revolucionario negro en Estados Unidos creció. Surgió la consigna «Poder negro» y se creó el Partido Panteras Negras, entre otros. Davis sintió la necesidad de participar y regresó a su país, e invitada por Marcuse se incorporó a la Universidad de California en San Diego.

Se afilió al Partido Comunista, y con ello comenzó su persecución política. Recibía amenazas constantemente, y por esa razón contaba con personas encargadas de su seguridad. Se vinculó con distintas organizaciones de militancia antirracista. Más tarde Davis escribiría: «Pronto me acostumbré a la presencia muy extendida de un desafortunado síndrome entre los activistas negros varones: el confundir su actividad política con la afirmación de su virilidad. Veían –y algunos todavía ven– al hombre negro como algo distinto que la mujer negra. Esos hombres consideraban a las mujeres negras como una amenaza para su virilidad –especialmente las mujeres negras que tomaban la iniciativa y trabajaban para transformarse en líderes por derecho propio–. La perpetua arenga del hombre americano era que yo debía redireccionar mis energías y usarlas para darle a mi hombre la fuerza y la inspiración para que él pudiera aplicar más efectivamente sus talentos en la lucha por la liberación negra».

En la misma época Davis se involucró en la defensa de causas como la de George Jackson, encarcelado durante diez años sin condena definitiva luego de haber robado 70 dólares en una estación de servicio. Su hermano, Jonathan Jackson, era uno de los encargados de la seguridad de Davis. En agosto de 1970 se introdujo armado en una audiencia judicial que involucraba a su hermano George y a otros jóvenes negros encarcelados junto a él, y tomando como rehén a un juez, exigió que fueran liberados. El episodio generó un tiroteo que concluyó con la muerte de Jonhatan, así como la del juez y dos de los presos que asistían a la audiencia.

Una de las armas utilizadas por Jonathan Jackson estaba registrada a nombre Davis, de modo que la policía lanzó una orden de captura contra ella. Se la acusó de asesinato, secuestro y conspiración criminal, delitos para los que aplicaba la pena de muerte. El FBI la incluyó en la lista de los diez criminales más buscados del país. Davis pasó a la clandestinidad, hasta que finalmente fue detenida en octubre de ese año en Nueva York.

Cárcel y esclavitud
Diversas organizaciones, políticos y personalidades dentro y fuera de Estados Unidos reclamaron su liberación, entre ellos Marcuse, quien escribió: «Angela Davis lucha por su vida. Solamente una fuerte protesta, que se eleve de todas partes, en todos los países, una protesta omnipresente e imposible de acallar puede todavía salvarle la vida». Su causa tuvo importantes repercusiones también en Uruguay. Finalmente, la justicia no pudo comprobar los crímenes que se le imputaban y Davis fue absuelta en junio de 1972.

Luego de su liberación, trabajó con organizaciones dedicadas a denunciar las arbitrariedades dentro del sistema penitenciario y a defender a sus víctimas. Elaboró una crítica integral sobre esta problemática que incluyó el análisis del funcionamiento del complejo industrial penal, el sistema judicial, la policía, la política migratoria, los medios de comunicación, el poder legislativo, la política electoral, las estrategias de financiamiento público, las continuidades con la institución de la esclavitud y los aspectos ideológicos de ese entramado, entre otros.

Ha afirmado que la cárcel «funciona ideológicamente como un emplazamiento abstracto en el que se deposita a los indeseables, descargándonos de la responsabilidad de pensar sobre los problemas reales que afligen a aquellas comunidades de las que los reclusos son separados en un número tan desproporcionado. Este es el papel ideológico que juega la prisión; nos exime de la responsabilidad de enfrentarnos seriamente con aquellos problemas producidos por el racismo y, de manera creciente, por el capitalismo global».

Davis también se dedicó a analizar la interacción entre machismo, racismo y clasismo. Señala que «El feminismo debe incorporar una conciencia del capitalismo, al menos el feminismo con el que me identifico yo, pues hay muchos feminismos, ¿no? Tiene que incorporar una conciencia del racismo, del colonialismo, de las poscolonialidades, de la capacidad, y de más géneros de los que nos podemos llegar a imaginar, y más sexualidades de las que jamás pensamos que podríamos nombrar. El feminismo no solo nos ha ayudado a reconocer una gama de conexiones entre discursos e instituciones e identidades e ideologías que con frecuencia tendemos a considerar por separado. También nos ha ayudado a desarrollar estrategias epistemológicas y organizativas que nos llevan más allá de las categorías ‘mujer’ y ‘género’. Y las metodologías feministas nos incitan a explorar conexiones que no siempre son aparentes. Y a habitar contradicciones y a descubrir lo que esas contradicciones tienen de productivo. El feminismo insiste en métodos de pensamiento y acción que nos incitan a pensar en conjunto sobre cosas que parecen estar separadas y a separar cosas que naturalmente parecen ir juntas».
Publicado el miércoles 20 de marzo de 2019

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